Por fin llegaron el médico y el escribano, á quienes se habia mandado buscar. Examinóle el primero y mandó que inmediatamente se avisara á la parroquia, pues al herido le quedaban muy pocos minutos de vida. El escribano quiso á su vez extender las primeras diligencias, pero no pudo conseguir una sola palabra del moribundo y se hubo de contentar por entonces con las declaraciones del celador, los serenos y algunos vecinos.
El anciano padre de Juan, de quien nadie se cuidaba, fijos sus desencajados ojos en su hijo; entreabierta la boca; crispados sus dedos; sombrío, mudo, sin ver á nadie de los que le rodeaban, iba reflejando en su semblante las rápidas trasformaciones, los mismos signos mortales que se dibujaban, con tintas cada vez mas pronunciadas, en el rostro de aquel, hasta el punto de que, al llegar el sacerdote y cuando ya empezaba á administrar el Santo Oleo al moribundo, se exhaló un ronco y extraño quejido de su pecho, dobláronse sus piernas, nubláronse sus ojos y cayó pesadamente al lado de su hijo, arrancando á los circunstantes un grito general de conmiseracion mezclado de espanto.
El sacerdote tuvo que pasar del hijo al padre y á los pocos segundos, ambos habian dejado de existir.
Los caritativos vecinos se llevaron á Cármen á su casa atacada de horribles convulsiones, y la justicia se encargó de lo demas, enterrando al dia siguiente y en una misma fosa al padre y al hijo.
El hecho que habia provocado aquel sangriento drama, hélo aquí: Juan, y tres mas de sus amigotes de taberna, á quienes, como ya dijimos anteriormente, no fiaban en ninguna parte, se habian pasado algunos dias sin mosto por carecer de blanca y proyectaron robar al tio Curro el tabernero, que segun fama de todo el barrio tenia achocados algunos napoleones en el fondo del arca.
Esperaron á que todo el mundo durmiera aquella noche y asaltando su casa por las tapias del patio trasero, penetraron sigilosamente tres de ellos, pues el otro se quedó en la calle de acecho, y llegaron hasta la alcoba donde el tabernero y su mujer dormian. Por mas cuidado que pusieron, marchando descalzos y sin hacer ruido, el tio Curro, que tenia seguramente el sueño muy ligero ó que aun no se habia dormido profundamente, oyó sus sordas pisadas y levantándose de un brinco,—pues era hombre terne,—cogió la descomunal tea que siempre tenia á la mano, salió al encuentro de los salteadores y les arremetió á tientas, despachando á uno de ellos del primer viaje.
Aunque esto fué rápido como el pensamiento, los otros dos cayeron sobre él y lo arrojaron al suelo sin vida, no sin que arrastrara en su caida á Juan, de quien el tabernero se habia agarrado fuertemente.
La mujer del tio Curro se despertó sobresaltada al ruido de aquella sangrienta lucha, y empezó á dar tan desaforados gritos, que pusieron en fuga á los dos ladrones que quedaban de pié. Saltaron la misma tapia por donde habian entrado y ya no vieron al compañero que habia quedado de acecho, por lo cual huyó cada uno en distinta direccion.
Hé aquí explicado el estado en que Juan llegó á su casa, descalzo y cubierto de sangre.
Cuando Juan se hubo lavado y hecho desaparecer en parte las manchas delatoras que le cubrian, temblando como un azogado y asaltado por atroces remordimientos, porque aquel era su primer paso en la sangrienta carrera del crímen, se sentó vestido en su lecho y se puso á reflexionar sobre su crítica situacion.