Le espantaba el temor de dar en manos de la justicia y aunque creia que las sospechas de esta no podrian recaer sobre él, con todo, su espíritu estaba desasosegado, intranquilo.

Pasaron algunas horas y aunque se recostó y quiso dormir, el sueño huia de sus párpados.

En vela como estaba, oyó los pasos de los serenos y su corazon empezó á latir con violencia, porque comprendió instantáneamente que venian en su persecucion. De un salto se plantó en el patio, se encaramó en el tejado, lo atravesó saltando á otro y de allí á otro, hasta alejarse bien del de su casa y se escondió detrás de una chimenea. Allí estuvo largo rato, interin registraban su casa, pero de pronto vió la luz de un sereno que se acercaba por aquel lado y que hiriéndole con sus rayos le denunciaria en cuanto aquel se aproximara y montando al caballete del tejado iba á descolgarse á la calle, cuando se encontró con otro sereno que le intimó á que se entregara, encañonándole una pistola.

Juan, que á todo trance queria escapar, del poder de la justicia que le horrorizaba, trató de huir de este nuevo peligro, pero la bala que el sereno le envió, le cortó la retirada, pues atravesándole el pecho, le echó sobre el alero del tejado y de allí á la calle, en cuyas duras piedras acabó de hallar el castigo de su crímen.

La huella de su fuga por el patio de su casa, la descubrió el sereno que quedó allí de centinela, porque sus pies descalzos habian pisado en la huida, el agua que vertiera en el patio al lavarse, dejando impresas sus plantas en la pared al trepar por ella.

La pobre Cármen, continúa aun vendiendo flores y frutas, con lo que se mantiene, sin haberse querido nunca casar por mas partidos que se le han presentado, porque no quiere exponerse á que un hijo suyo renueve la profunda herida que dejó en su alma el desastroso fin de su padre y de su hermano.

VI.
REFLEXIONES.

Los tres cuadros tomados al acaso que, de entre los infinitos que conocemos de su género, hemos presentado á nuestros lectores; verídicos, reciente uno de ellos y elocuentes por sí solos, se prestan sin embargo á un mundo de reflexiones. No podemos prescindir de estampar algunas en estas páginas, siguiendo nuestro inalterable principio de emitir francamente nuestra opinion.

Téngase bien entendido, que no son cuentos creados por nuestra mente, los que hemos tratado de bosquejar; y en los cuales, solo hemos alterado los nombres, por creerlo así oportuno y por razones de fácil comprension.

En todos ellos, se echa de ver esa falta de proteccion al trabajo, esa garantia indispensable de su modesta existencia; espuesta siempre á los azarosos vaivenes de la fortuna; esa estabilidad de que carece, por que infinidad de elementos de diferente índole: como las guerras, las sublevaciones, las luchas políticas, diplomáticas y financieras; las ambiciones personales, las epidemias ¡y hasta la atmósfera! la alteran con harta frecuencia y siempre en su inmediato perjuicio.