En todos ellos aparece como la verdadera víctima de todos los desastres y conmociones que esperimenta la sociedad y rara vez vislumbra en el limitado horizonte de sus aspiraciones, ese iris de esperanza que á las demas criaturas promete con frecuencia, un cambio favorable y progresivo en su posicion y en su fortuna, y con él una vida apacible y rodeada de tranquilos goces.
Pablo el albañil, era un honrado y laborioso trabajador, que cumplia con sus deberes para con la sociedad y con su familia; que vivía feliz y tranquilo, atendiendo á todas sus necesidades con su modesto jornal; sin envidiar jamás la grandeza y el fausto que por do quiera hería su vista; y le vemos perecer de hambre y de frio con su familia, abandonado de sus hermanos los demas hombres; relegado al olvido en el sombrio y húmedo rincon de su miserable albergue; sin que la mano protectora de la sociedad, de que él formaba parte, se tendiera hácia él con dignidad y con amor, no humillándole, para levantarlo de la triste postracion en que le habian sumido elementos contrarios á su voluntad.
Jayme el obrero, infatigable y entusiasta trabajador; constante y aplicado en su oficio; buen hijo y buen esposo; amante de su patria y de sus hermanos; de sanas y religiosas costumbres y orgulloso de su humilde pero honrada posicion; halla tambien en la falta de trabajo y en la de prevision y cordura de los encargados de la seguridad pública, fatalmente combinados en un momento, el mas terrible de los golpes y la mas trágica de las muertes.
Y por último, vemos á Juan, el jornalero del campo, que á pesar de su organizacion meridional, tan contraria á la rudeza de un constante y asiduo trabajo; vence su natural molicie por atender á las necesidades de su casa de que es el único sosten y solo la falta de ocupacion, unida á su ningun criterio para distinguir lo bueno de lo malo, le conducen paso á paso por la rápida pendiente del vicio hasta llegar al insondable abismo del crimen, que es su inevitable y fatal consecuencia.
Fijemos nuestra atencion en estos hechos y meditemos.
Nace un hombre, entre las remendadas sábanas de una pobre cuna; se desarrolla y crece, y cuando se halla en esa edad en que la imaginacion puede recoger con fruto la regeneradora semilla de la instruccion,—antorcha luminosa que es á la humanidad, lo que el radiante astro del dia es á las brumosas sombras de la noche; que disipa sus tinieblas y alumbra sus pasos por el escabroso sendero de la vida; con la cual salva las distancias mas remotas; penetra en los profundísimos abismos de los mares y en las recónditas entrañas de la tierra; observa la marcha de los astros, conoce su magnitud y su naturaleza, la distancia que de ellos nos separa y sus misteriosas revoluciones; dá direccion á los rayos, los recoje y los analiza; varía el curso de los rios y de los mares y abre anchurosos caminos por debajo de su lecho; allana los montes y perfora gigantescas montañas; aplica maravillosamente el vapor y la electricidad; navega por el fondo de las aguas y fabrica aire artificial igual al de la atmósfera y en fin, produce ese conjunto sorprendente de adelantos y reformas que el progreso va marcando en las brillantes páginas de oro de su libro, pues bien, cuando el hijo del pobre, decíamos—; se encuentra en la edad á propósito para beber en esa bienhechora fuente que se llama enseñanza, sus padres, hijos del trabajo, faltos tambien de instruccion y de elementos, por que apenas les basta lo que ganan para atender á las mas perentorias necesidades de la vida, los llevan consigo á las obras, al campo, á los talleres, y allí, á fuerza de años y de constancia, aprenden el oficio, arte ú ocupacion que en su edad viril les ha de dar el pan de cada dia.
¿Y la enseñanza gratuita?—Se nos dirá.
La enseñanza gratuita, aprovecha á unos pocos, dá un escasísimo rayo de sus luces á muchos, y de nada sirve á la gran mayoría.
La veracidad de este aserto, que la experiencia misma manifiesta, la probaron ademas, plumas mas competentes que la nuestra, señalando, á la vez que los defectos de que adolecía aquella institucion, el remedio necesario para evitar sus perniciosas consecuencias, contrarias á su verdadero é interesante objeto.
No es nuestro ánimo venir á desentrañar estas cuestiones, harto graves por cierto, para tratadas en las modestas páginas de un opúsculo. Cumple solo á nuestra designio, probar que, entre las causas que conocemos como orígen de los males que aquejan á las clases proletarias; la falta de instruccion es una de las mas trascendentales sin duda, puesto que ella es la que engendra en el hombre el deseo de su perfeccionamiento; reformando sus gustos y sus hábitos, en armonia con la civilizacion que le rodea y haciéndole conocer por último, todos esos goces intelectuales que no pueden comprender y apreciar los que de ella carecen.