No echamos en olvido, el inmenso bien que hacen en todos los pueblos, esas caritativas asociaciones de beneficencia domiciliaria y parroquial, socorriendo á los pobres en su indigencia; pero no es esto lo bastante para las clases proletarias de que nos ocupamos, por que al hombre honrado, laborioso, trabajador, repugna la limosna y se crée humillado al recibirla, á pesar de las delicadas formas con que á veces se reviste para presentársela.
Esta clase proletaria, forma la inmensa mayoria de la nacion, y aunque son los mas en número, son los menos en riqueza, puesto que nada poséen. Por eso las demas clases poseedoras de bienes, capitales ó conocimientos, que todo es poseer, deberia reunir sus esfuerzos y con sus elementos y sus luces, asentar en buenas y sólidas bases un principio salvador é imperecedero, que pusiera fin, de una vez para siempre, á esos vaivenes y contratiempos á que constantemente se vé expuesta la nave que conduce á los hijos del trabajo, sus hermanos, por el proceloso mar de la vida.
Muchas desgracias y no menos crímenes se evitarian y la humanidad adelantaria mas desembarazada y rápidamente por las vias de la civilizacion y del progreso.
¡Cuan feliz no seria el pueblo que lograra llevar á cabo esta noble empresa! Ella señalaria una nueva era de paz y de ventura, de bienestar y de abundancia, que borraria, tal vez para siempre, esos ódios y mezquinas ambiciones que se anidan en el corazon de la mitad del género humano, hácia la otra mitad.
Pero nos hemos dejado arrastrar mas allá de lo que nos propusimos al trazar el plan de esta obrita.
Siguiendo pues, las exigencias de ella, nos hemos de trasladar, con aquellos de nuestros lectores que gusten acompañarnos, al feracísimo suelo de nuestras ricas Antillas, á la inestimable perla de occidente, á la tierra prometida del inmortal Colon.
VII.
EL ESCLAVO.
Mucho se ha escrito y hablado respecto del esclavo africano en América, objeto hoy de este capítulo, presentándole unos como un ser embrutecido, fanático, incorregible; otros como una especie de hombre fiera, dotado de sanguinarios instintos; y por último, algunos como un ser inocente y sencillo, sumiso y obediente, aunque á la vez perezoso y poseyendo todos esos detestables vicios que corroen la existencia de lo mas abyecto de la sociedad.
Unos y otros tal vez tendrian razon al expresarse así, por que sin duda basaron sus observaciones en un tipo determinado ó en el estrecho círculo de una localidad, y esto no basta.
Sin tratar por esto de herir su susceptibilidad, debemos exponer nuestra franca opinion en el asunto; y á nuestro modo de ver, no es suficiente el exámen de un individuo para determinar el carácter de una localidad, así como el estudio de esta no nos puede dar el conocimiento exacto de las condiciones de un pueblo en general.