Nada faltaba á su dicha: los dias trascurrian serenos y apacibles para él; sin esa afanosa ansiedad del que viviendo con el escaso producto de su trabajo ó industria; del que, en una palabra, está sujeto esclusivamente á sus propios recursos, se desvela y apura, pensando en el mañana siempre nebuloso y oscuro para el pobre y á veces hasta para el rico.
Pero el diablo tentador, que siempre vá buscando sus víctimas en aquellos mortales mas felices, se acordo sin duda del pobre Antonio; envidió su dicha y se propuso conquistarle, envolviéndose al efecto en las provocativas formas de una negrita libre llamada Serafina, de esbelto talle, turgente seno y chispeantes ojos.
Antonio resistió algun tiempo á las seducciones de aquella encantadora sirena de su color; pero menos fuerte que su santo en punto á tentacion es de aquel género, cedió al fin y se dejó prender incauto entre las dulces y á la vez punzadoras redes de amor.
Desde aquel momento, fatal para él, como lo fué para el primer hombre; el aspecto de su vida cambió completamente. No habia amado nunca y por lo mismo, la primera chispa de amor que penetró en su pecho, desencadenó en él una pasion vehemente, volcánica; que mató, de una vez para siempre, la dulce tranquilidad de que gozaba en el eden de aquella casa.
Ya no era Antonio aquel servidor diligente, que adivinaba en la mirada de su amo su menor capricho ó sus órdenes para cumplirlas en el acto. Distraido siempre, inquieto, desasosegado, todo lo equivocaba y hacia de través; aprovechandose de cualquier recado á la calle, para ir á ver á su amada, sin recordar que á veces le esperaban con urgencia.
Su amo se vió ya en la necesidad de reñirle, aunque con su mesura y suavidad acostumbradas y comprendió que á Antonio le pasaba algo extraordinario.
Llamóle un dia á capítulo y procuró averiguar la causa que ocasionaba en él aquella repentina trasformacion, y aunque Antonio balbuceando, trató de evadir una confesion que le avergonzaba; como jamás habia mentido ni ocultado nada á sus amos; concluyó por confesarle que estaba enamorado perdidamente de una negrita libre llamada Serafina, hija de una lavandera que vivía por la calle de San Rafael; que queria casarse con ella; pero que para eso necesitaba la libertad que antes habia rehusado de su amo, abandonar una casa que siempre habia considerado como suya; unos amos á quienes tanto queria, que tanto le estimaban y al lado de los cuales habia pensado morir cuando Dios lo llamara á sí. Que aquella lucha contínua entre su corazon y su cabeza que le inclinaban, el uno á volar á la calle de San Rafael y la otra á rechazar aquel amor y á seguir viviendo como hasta entonces; le producia un contínuo malestar que degeneraba en insomnios, angustias y delirios que quebrantaban sus fuerzas y su espíritu.
El amo se enterneció al oir la narracion de sus tormentos, pero conociendo bien el corazon humano y la hirviente lava que circula por las venas de la raza africana, comprendió que para el pobre Antonio no habia otro camino que casarse con aquella negrita, que habia despertado en su alma el germen de sus dormidas pasiones, y al efecto escribió lo que pasaba á su padre, que era el verdadero amo de Antonio, para que él determinara.
A los dos meses recibió de su padre el permiso para que Antonio se casara, si aun insistia en su empeño y la autorizacion en debida forma, para que como presente de bodas por su parte, le hiciera graciosa donacion de su libertad.
Arrastrado por su fatal destino, casóse por fin Antonio; despidióse de su amito haciéndole mil protestas de su adhesion y entrañable afecto y fuese á gozar con su Serafina los deleites de la luna de miel.