Entre sus abultadas megillas desaparecia casi completamente su nariz, corta, ancha y aplastada, y escondíanse sus ojos, muy pequeños, redondos y, que ya habian perdido el brillo del fuego de la juventud.

Escasísima era la cabellera, en otro tiempo de color castaña, de la viuda; pero todo se arregla en este mundo, y con un añadido en la parte posterior de la cabeza y algunos otros mechones convenientemente colocados, quedaba la viuda peinada admirablemente por mano de su peinadora.

En la forma del peinado veíanse lo que pudiéramos llamar reminiscencias de pasadas y olvidadas modas; pues doña Robustiana no transigia fácilmente con todo lo moderno.

Aún conservaba algunos vestidos de los últimos años de su matrimonio, y aunque reformados, tenian el sello inequívoco de la antigüedad, resultando, que cuando la viuda queria vestirse bien en los dias de fiesta, ó ciertas noches para recibir á sus amigos, presentaba una figura bien extraña por cierto, extravagante, casi grotesca, y pudiera decirse que sin más trabajo que retratarla con toda exactitud, se hubiera tenido una caricatura.

Era muy aficionada á cargarse de adornos, y se los ponia de todas clases. La cofia ó toquilla, ó como quiera llamarse, que cubria su cabeza, estaba cubierta de encajes y lazos de vivos colores.

Adornaban su cuello y su pecho, cintas y relumbrantes cadenas, grandes medallones y el reloj de repeticion que le habia regalado su difunto esposo durante la luna de miel.

Así ataviada, sentábase la viuda en un ancho sillon, y mientras que con la mano derecha agitaba un abanico, con la izquierda acariciaba el ancho lomo de un gatazo rubio, que se le colocaba en el regazo, durmiendo allí y contagiando con su sueño á su señora.

El gato no servia para cazar ratones; pero doña Robustiana lo tenia en gran estimacion, siquiera porque el invierno al acostarse lo colocaba en su cama para que le calentase los piés.

Los muebles eran tan antiguos como la ropa y como las costumbres de doña Robustiana, pues esta, sin querer transigir con lo moderno, almorzaba, lo mismo que habian hecho sus padres, antes de las ocho de la mañana, comia á las dos de la tarde y cenaba apenas anochecia.

Lo único moderno que habia en aquella casa era la sirviente, que no tenia más de veinte años, y era bonita, alegre, demasiado alegre quizá, viva, habladora, aficionada á toda clase de enredos y embustera hasta lo inconcebible.