No es la culpa de ellas solamente, sino tambien de la sociedad, que ha querido echar sobre la mujer la carga de todos los deberes, sin reconocerle ningun derecho.

Debemos ser justos y reconocer que es bien triste la suerte de la mujer.

Esta tiene inteligencia y sobrado corazon; pero ¿de qué le sirve?

Dadme dinero y prohibidme que lo gaste, y como si no me lo diéseis.

A la mujer todo le está prohibido, absolutamente todo. No se la permite más que casarse, y aun esto cuando la solicitan, y por consiguiente no puede pensar en otra cosa, á nada más aspira, y es capaz de cometer todo género de locuras para ver realizada su única aspiracion.

No, no escribimos contra vosotras, pobres mujeres, sino contra la sociedad, que es la verdadera responsable de casi todas vuestras faltas, vuestras debilidades ó extravíos; pero si en ciertas cuestiones llegais á la exageracion, si en momentos de ceguedad sacrificais vuestra dignidad á vuestro amor propio, si descendeis desde la sublimidad de vuestros delicados sentimientos á la triste realidad de todas las vulgaridades, de todas las pequeñeces, de todas las necedades, entonces cumplimos nuestro deber y os advertimos que os extraviais, por más que la advertencia os desagrade.

Habeis nacido para representar un gran papel, para ejercer en los destinos del hombre una gran influencia, y nos duele mucho que no aprovecheis vuestra ventajosa situacion, pues no parece sino que en muchas ocasiones se empeña en ser esclava la que ha nacido para señora absoluta.

Hemos dicho que doña Robustiana del Peral tenia cincuenta y ocho años, y si más tenia, ella no confesaba más.

Ahora completaremos su retrato, pues no lo hemos hecho más que de la parte moral, y es preciso que lo hagamos tambien de la física.

De escasa estatura era doña Robustiana; pero en compensacion era excesivamente gruesa, y el exceso de robustez, ayudando al tiempo en sus naturales estragos, habia hecho que desapareciesen las primitivas formas de la viuda.