Tampoco esto menguaba el crédito de la casamentera, pues de todos modos quedaba probado que en aquella casa se hacian casamientos, y esto era lo más interesante para las que á toda costa querian marido.
Si cuando las mujeres cumplen veinticinco años no ejerciese gran influencia en sus resoluciones el amor propio, se evitarian muchas desgracias; pero á los veinticinco años, y particularmente á los treinta, muchas mujeres se casan con cualquier hombre, sólo por casarse, para probar que ha habido quien fije en ellas la atencion, para no representar, en fin, el papel de solteras rancias, papel que les hace sufrir más que todas las desgracias, más que todos los tormentos.
Si no para todas, para algunas mujeres el celibato á cierta edad es mil veces peor y más horrible que la deshonra, ó de otro modo, es para ellas una deshonra de cierto género, deshonra que pueden sufrir, pero que no aceptan y con la que jamás se resignan.
A cierta edad, dice una mujer:
«Soy casada, soy viuda.»
Pero decir que es soltera, tener que pronunciar esta palabra terrible, le cuesta más trabajo que hubiese podido costarle á Luis XIV decir que se habia equivocado.
Por supuesto, que todas ellas aseguran que no se han casado porque no han querido, y que les parece preferible su estado honesto, la pícara doncellez que las agobia como una montaña de plomo.
Esto dicen, porque la boca ha de servir para algo, siquiera para mentir.
Consiste todo esto en que muchas mujeres no han comprendido que pueden representar un gran papel sin casarse, porque en este mundo hay algo más que hacer que entregarse á las dulzuras y amarguras del matrimonio.