Tenia doña Robustiana una hija, á quien no hay que decir que habia conseguido casar; pero la hija se encontraba en el archipiélago Filipino, adonde habia ido con un regular empleo su esposo.

De vez en cuando suspiraba tristemente la viuda, y se lamentaba de su soledad; pero se consolaba con sus muchos amigos.

Como se habia propuesto pasar la vida todo lo más agradablemente posible, en vez de frecuentar los teatros y los paseos, habia hecho todo lo posible para que su casa fuese el punto de reunion de unas cuantas familias.

Allí pasaban estas el tiempo sin sentir, segun decian, entregándose unas veces á la inocente distraccion de los juegos de prendas, otras á la lotería, y tambien á las delicias de la música, pues doña Robustiana, entre otras cosas de sus buenos tiempos y de sus pasadas glorias, conservaba un piano.

El armonioso instrumento contaba una respetable antigüedad; estaba desafinado casi siempre, pero bueno era para las manos que habian de mover sus teclas.

Con este sistema de vida, la viuda tenia muchas ocasiones para entregarse á su goce favorito de hacer casamientos.

Esto, más que nada, era un atractivo para las jóvenes que aspiraban al lazo del matrimonio, y atractivo tambien para las madres que á toda costa querian casar á sus hijas, aunque fuese con el moro Muza y sólo por el placer de poder decir que habian tenido bastante habilidad para casarlas.

Despues tocaban los inconvenientes; pero ¿qué importaba esto? Las habian casado, y si el matrimonio constituia la desgracia de los dos cónyuges, arreglábase todo muy bien con lamentarse, sin que la madre quisiese aceptar la responsabilidad de la desgracia de la hija, sino que, por el contrario, decia:

—No es mia la culpa, pues nunca me agradó que se casase con semejante hombre; pero ella se empeñó, y consentí para evitar escándalos y que la justicia tuviese que intervenir para que el resultado fuese el mismo.