De seguro habreis visto alguna, y si habeis sospechado que algun mezquino interés las movia, os equivocásteis.

Hay personas, particularmente mujeres, que no teniendo otra cosa que hacer, se ocupan en arreglar casamientos, y cada vez que arreglan uno, gozan y se consideran felices.

Como no se ocupan de otro asunto, como á todas horas piensan en lo mismo, acaban por ser maestros consumados, tienen habilidad prodigiosa para vencer todos los inconvenientes, y rara vez sufren una derrota.

Doña Robustiana era el tipo perfecto de las casamenteras, y ocupaba la posicion social que casi todas las casamenteras ocupan.

Tenia cincuenta y ocho años, era viuda, y no habia conseguido encontrar segundo esposo.

Parece que despechada debió complacerse en que ninguna mujer se casase; pero le sucedió todo lo contrario y se hizo casamentera, obteniendo grandes triunfos, á pesar de que habia tenido que luchar con hombres opuestos al matrimonio hasta por instinto.

Disfrutaba la viuda una pension de seis mil reales, y era dueña además de algunos bienes, con lo cual podia vivir cómoda y decorosamente, y así vivia, y su fortuna era por muchos envidiada.

Aseguraban todos los amigos de doña Robustiana, que el trato de esta era el más agradable del mundo.

La verdad es que ella tenia para todos palabras muy benévolas, y ponia todo su cuidado en prodigar alabanzas á cuantas personas conocia.

Estaba algo envanecida con lo que ella llamaba su talento, con su posicion, y sobre todo con sus antecedentes, de que hablaba con frecuencia.