Abiertos estaban todos los balcones, y abiertas de par en par las puertas de los cafés y horchaterías.

Los afortunados que pueden ir en coche, recostábanse indolentemente sobre los blandos almohadones de sus vehículos, y los que no tienen otros medios de locomocion que sus piés, iban y venian flojamente, y de vez en cuando sacaban el pañuelo para limpiar el sudor que corria por sus rostros.

Ya estaba el Prado lleno de paseantes, jóvenes en su mayoría, exhibiendo las mujeres sus encantos y mirando á los hombres como si con los ojos dijesen:

—Cualquiera de esos me conviene para marido, pues lo que importa es casarse.

Por desgracia, son muchas las mujeres que no piensan de otra manera en el casamiento.

En cambio ellos, á la vez que se extasian contemplando tanta belleza, parece como que andan recelosos y sobrecogidos por el temor de que alguna de aquellas mujeres consiga lo que desea.

Tambien vagaban algunas personas por los jardines de Recoletos, y algunas parejas, buscando la soledad y la sombra, entregábanse á las delicias de un amor misterioso.

Todo esto y mucho más tendremos ocasion de examinarlo detenidamente; pero ahora es preciso que abandonemos las calles y paseos, para introducirnos en la vivienda de doña Robustiana del Peral, tipo que por ser raro es digno de nuestra atencion.

¿No habeis visto nunca personas que se complacen en que se casen sus amigos, y trabajan sin descanso para conseguirlo así?