No tuvo necesidad de explicaciones, pues apenas miró á Clotilde comprendió que algo muy grave sucedia, y reflexionando le fué fácil adivinar la verdad.
¡Pobre Juanito!
Desde aquel momento debia contarse el hombre más desdichado del mundo.
Alfredo no se dejaba arrebatar fácilmente; estaba dotado de gran fuerza de voluntad, y sabia dominarse.
Buscar á Juanito para pedirle cuenta de su proceder, le pareció á Saavedra que era equivalente á olvidar su dignidad y á rebajarse hasta la pequeñez de su ruin enemigo; pero como tampoco queria castigarlo sólo con el desprecio, decidió á su vez vengarse cruelmente y de tal manera, que á Juanito no le quedase duda de la inmensa distancia que entre ambos habia.
Por su parte, Clotilde no pensaba tampoco entablar una lucha para disputar á Paquita el corazon de Alfredo, porque esto hubiese sido honrar demasiado á la hija de Bonacha.
No, no era posible que la hija del conde olvidase su orgullo de raza, porque antes preferia destrozarse ella misma el corazon y morir.
No habia dado á los amores de Alfredo con Paquita más importancia que la que se da á una locura de la juventud; pero que la mortificaba, porque heria su amor propio y porque podia tener muy graves consecuencias.
El conde, recostado en un sillon, ocupábase en leer un periódico, y Clotilde y Alfredo, en otro extremo de la habitacion, ojeaban distraidamente un álbum, y pudieron hablar con entero descuido.
—Nubes hay,—dijo Alfredo,—que empañan el cielo de tu alegaría, y sentiré que esas nubes entrañen contra mí una tormenta.