—Se equivoca usted, caballero,—replicó severamente Clotilde.

Saavedra hizo un gesto, como si quisiese decir:

—Mal principia la conversacion.

—De mujeres como yo,—añadió la hija del conde,—no deben temerse tormentas, porque cierta clase de arrebatos iracundos se los prohibe la dignidad á las señoras.

—¿Y qué me importa que te domines y aparentes calma, si el resultado, ha de ser para mí peor que si desahogases tu enojo con las palabras más duras?

—El resultado habia de ser el mismo siempre cuando se trata de un hombre que se olvida hasta de los deberes que le impone su distinguida clase.

—¡Clotilde!...

—He concluido.

—Necesito explicaciones.

—No las daré.