Arrugóse el entrecejo del jóven.
Por un instante relumbraron sus ojos con fulgor siniestro.
—Está bien,—dijo con grave tono.
—¿Consiste en eso la defensa de usted?
—No me defiendo de lo que es absurdo, porque esto no lo hacen más que los estúpidos. Gente ruin ha querido herirme, suponiendo lo que no existe ni puede existir, porque para esa gente es inconcebible que se haga un beneficio sin otra mira que la satisfaccion de hacerlo.
Clotilde desplegó una sonrisa irónica.
—Yo soy el ofendido,—añadió Alfredo.
—Pues no espere usted de mí la reparacion.
—El tiempo lo pone todo en claro, y habrá que hacerme justicia.