Cuando Alfredo iba se paseaban por el jardin, y si la madre se cansaba y se sentaba á la sombra, los dos jóvenes iban y venian hablando de su amor, cruzando miradas de fuego y permitiéndose algunas sencillas libertades, que para Paquita no tenian ninguna importancia.

Algunos dias almorzó allí el calavera, y cuando pasó una semana le dijo á la jóven que era un martirio insoportable hablar siempre en presencia de un testigo.

¿Cómo podia remediarse esto?

Para Saavedra era muy fácil, puesto que á las diez ó las once, hora en que la madre dormia, la hija podia muy bien asomarse á la ventana de su dormitorio, que daba al jardin, y allí, aspirando el aire puro y fresco de la noche, contemplando el purísimo cielo y dejando que la imaginacion se remontase en alas de las más risueñas ilusiones, podian pasar dos ó tres horas de incomparable delicia.

Para entrar Alfredo en el jardin, no encontraria ningun inconveniente, puesto que aquella era su casa.

Paquita hizo alguna resistencia; pero se dejó vencer.

La ventana estaba á tres piés del suelo, y bajo la misma habia un banco de piedra, de manera que los dos amantes se encontrarian bien cerca el uno del otro.

Paquita, para acallar sus escrúpulos, se hizo el siguiente razonamiento:

—Si es peligroso hablar con el hombre á quien se ama, igual es el peligro estando á solas que con un testigo cualquiera. Cuando mi madre nos acompaña, no sabe lo que Alfredo me dice, y por consiguiente de nada sirve su presencia. Lo que Alfredo exige de mí nada tiene de particular, y mientras yo quiera guardarme, es inútil toda vigilancia, así como tambien lo seria si yo me propusiera olvidar mis deberes.

A las diez de la noche estaba Paquita puesta á la ventana, y Alfredo en el jardin, en pié y junto al asiento de piedra.