Aunque parezca inverosímil, su carácter habia cambiado durante la ausencia de su familia.
Ya no sonreia constantemente: se le veia con frecuencia muy preocupado, y algunas noches dejaba de leer La Correspondencia, lo cual sorprendió mucho á su esposa.
Tampoco dormia tantas horas como antes, y habia disminuido considerablemente su apetito.
Sin embargo, don Pascual no estaba enfermo, aunque si hemos de hablar con exactitud, diremos que su enfermedad era moral.
Así como el instinto le habia dicho á su esposa que Alfredo no era conveniente para su hija, el instinto tambien le hacia adivinar al honrado padre grandes desgracias.
No encontraba nada malo en lo que habia visto, y sin embargo, le desagradaba mucho.
Hizo algunas indicaciones; pero su esposa y su hija le contestaron con tantos razonamientos, que el infeliz se sintió aturdido, y tuvo que callar.
Alfredo habia dicho que trabajaba para conseguir un nuevo ascenso, y tanto ascender asustaba ya á don Pascual Bonacha.
Era este de esos hombres que creen que lo que no se justifica con claridad, es sospechoso; más aún, que no puede ser bueno.
Así daba una prueba de recto juicio, que nada tiene que ver con el talento.