Juanito estaba más flaco y más pálido que un mes antes, y esta alteracion no habia pasado desapercibida para la mirada investigadora de la mujer casamentera.
Como no era la hora de la tertulia, podian hablar con entera libertad. Además, Juanito era uno de los amigos más antiguos de la casa, y la viuda le profesaba gran estimacion.
—¿No está usted bien?—le dijo ella apenas lo vió.
Una sonrisa leve y amarga fué la respuesta de Juanito.
—Vamos á ver si nos entendemos,—añadió la viuda;—siéntese usted aquí, á mi lado... Véte, Morito.
El pobre gato tuvo que dejar la silla que ocupaba.
—Señora,—dijo Juanito,—aseguran que la fortuna me sonrie.
—Tenia usted cuatro mil reales de sueldo y dependia su suerte de la voluntad de un ministro, y ahora tiene doce mil, que puede conservar sin otras recomendaciones que las de su honradez.
—Ciertamente.