—Pero yo no puedo equivocarme como los demás.

—Doña Robustiana, usted me conoce demasiado bien...

—No quiero acusarlo porque no tomó mis consejos oportunamente.

—Harto me pesa,—respondió Juanito, suspirando tristemente.

—No tiene usted madre, y yo quise serlo...

—Tengo mucho que agradecerle á usted, y mucho de qué acusarme.

—Lo que ya se hizo no puede deshacerse; pero tampoco debe perderse la esperanza de que se remedie el mal.

—¡Remedio!... no lo hay.

—¿Y por qué?

—Paquita se ha deslumbrado y creo que se ha enamorado ciegamente, y aun cuando no fuese así, no seria posible que rechazase á un hombre como Saavedra para casarse con un hombre como yo, ni yo tampoco he de exigirle que por mi felicidad haga semejante sacrificio.