La viuda desplegó una sonrisa irónica, y preguntó:

—¿Cree usted que don Alfredo de Saavedra se casará con Paquita?

—Al ménos así parece que sucederá.

—Es usted muy jóven, y yo soy vieja; conozco el mundo, y usted no lo conoce, aunque se ha empeñado en hacernos creer que es un hombre muy corrido y casi cansado de la vida. Si yo no tuviese del corazon humano el conocimiento que tengo, no habrian salido de mi casa con marido muchas mujeres que entraron sin él y sin esperanzas de tenerlo. Y no vaya usted á decirme que algunos de esos matrimonios son desgraciados, porque yo nada tengo que ver con eso. Si una mujer necesita marido, se lo proporciono, y á ella le toca ver si le conviene, aunque si hemos de decir la verdad, tanta razon tendrian ellos para quejarse como ellas.

—¿Adónde va usted á parar, doña Robustiana?

—Quiero convencerlo á usted de que no me equivoco fácilmente en esta clase de asuntos.

—Estoy convencido.

—Paquita no se casará con Alfredo, porque yo sé muy bien lo que una mujer tiene que hacer para casarse, y ella está haciendo todo lo contrario.

—Tiene usted el don de adivinar.

—¿Lo cree usted así?