Apoyaba los piés en un pequeño taburete, y allí habia hecho que se colocase su amado Morito, ó lo que es igual, el gatazo rubio, porque en la falda le daba demasiado calor.
En el centro de la habitacion habia una mesa con cubierta de paño verde, y sobre la mesa un quinqué con pantalla bastante grande y de color oscuro.
Debajo de aquella mesa, y en las noches de invierno, colocábase el brasero, los tertulianos de doña Robustiana introducian las piernas por debajo del luengo tapete, apoyaban los brazos en la mesa y jugaban á la lotería, cuando no se tocaba el piano ó no habia quien propusiese algun juego de prendas.
En el verano hacian lo mismo, aunque no tenian que buscar el calor del brasero.
Doña Robustiana habia cenado, es decir, estaba bien preparada para toda la noche, y aguardaba con impaciencia á sus amigos.
Una campanilla resonó.
Juana, que en el balcon de otro aposento se deleitaba en aspirar el ambiente de la noche, corrió hasta llegar á la puerta, abrió y dejó el paso libre á dos personas.
Eran dos mujeres.
La una vieja y la otra jóven.
La primera flaca, consumida, asmática y de color bilioso.