—Exactamente.
—¿Y es posible que pierda usted la esperanza?... Recobre usted la tranquilidad, que más ó ménos tarde, Paquita se verá abandonada; comparará entonces el corazon de usted con el de Saavedra, y haciéndole justicia, le amará.
—¡Ah!—exclamó Juanito, empezando á reanimarse.
—Deje usted este asunto á mi cargo, que yo lo arreglaré.
—Pero el secreto que acabo de confiarle...
—Lo explotaré con habilidad...
—Piense usted...
—Es usted un niño.
—Doña Robustiana...