—Nada, nada,—respondió la viuda.
Sus reticencias, el tono con que hablaba y hasta sus gestos, daban mucho valor á lo que acababa de decir, por más que al parecer no hubiese dicho nada.
Estremecióse Paquita y densa palidez cubrió su rostro.
—¿Pero por qué,—dijo,—nombra usted ahora la hija del conde de Romeral?
—Por nada, absolutamente por nada... es que me ha ocurrido... En fin, hablemos de tu próxima felicidad.
—Doña Robustiana, las palabras de usted tienen mucha intencion, y se lo digo así, porque siempre hablo con mucha claridad.
—Pues bien; ya que te empeñas me explicaré, aunque no pensaba hacerlo, porque estos asuntos son muy delicados.
—¿Qué quiere usted decir?—preguntó la madre de Paquita, que empezaba á dejarse arrebatar por la cólera.
—Digo lo que es verdad, y cuando sucede una cosa, la culpa no es mia, sino de quien la hace. Y basta con esto, porque el buen entendedor no necesita muchas palabras. Estoy mortificándote, no se me oculta; pero todo esto prueba que me intereso mucho por tu suerte. Ahora averigua, reflexiona y determina lo que te parezca mejor; pero me tomaré la libertad de aconsejarte, que no dejes pasar mucho tiempo para hacer tu boda, pues me parece mejor sistema el de Adelita. Ya sabes aquel refran que dice, que pájaro en mano vale más que ciento volando.