No es posible que se comprenda el efecto que produjeron estas palabras.
La madre y la hija hablaban á la vez y le exigian á doña Robustiana terminantes explicaciones.
¿Qué más podia decir la viuda?
Sin embargo, tan apurada se vió, que acabó por exclamar:
—¡Hablaré, hablaré!
—Ya escuchamos.
—Don Alfredo de Saavedra está enamorado, ó por lo ménos es novio, de la hija del conde de Romeral, y ella lo ama, y el padre aprueba esos amores, y el casamiento es asunto tratado muy formalmente. Este compromiso no puede romperse sin producir un escándalo, y como las personas de cierta clase tienen al escándalo más miedo que á la muerte, debe suponerse que la hija del conde se casará con Saavedra aunque se odien.
La madre y la hija quedaron anonadadas.
La primera apenas podia respirar, y tal fué su trastorno, que tuvo que acudir á su remedio favorito de beber agua y vinagre.
Paquita tambien temblaba; pero no á impulsos de la ira, sino del terror.