Habia inclinado sobre el pecho la cabeza, y no se atrevia á arrostrar la mirada de la viuda.
¡Infeliz!
Algunos dias antes le hubiera sobrado valor para soportar el golpe.
¿Qué seria de ella, si Alfredo de Saavedra la abandonaba?
Nosotros, que conocemos el terrible secreto de su amor, podemos apreciar sus mortales angustias.
Doña Robustiana no creyó conveniente prolongar aquella visita, y se dispuso á salir.
La jóven, que pocos minutos antes se habia mostrado tan orgullosa, se acercó á la viuda, la cogió las manos, se las estrechó cariñosamente, y le dijo con humilde tono:
—Doña Robustiana, usted me quiere casi tanto como mi madre.
—Creo que sí.