—No puede usted desear que yo me vea en ridículo.
—Me parece que no tengo un alma tan depravada.
—Pues bien; yo le suplico...
—De lo que hemos hablado nada sabrá Adela ni ninguno de los amigos que me visitan.
—Gracias.
—Hago excepcion de Juanito, porque ya sabes que este...
—Sí, esta empleado en la misma casa del conde de Romeral, y supongo que por él habrá usted tenido esas noticias.
—¡Si lo vieses!... El pobre está que pueden ahogarlo con un cabello.
Paquita suspiró tristemente.
—Te ama como no puede amarte ningun hombre.