La esposa de don Pascual, con pretexto de atender á sus faenas, fué y vino, dejando á los dos enamorados en libertad completa para que hablasen.

No era posible que Paquita se encerrase en su dignidad y se mostrase reservada lo mismo que Clotilde.

Habia entre ambas grandísima diferencia, y sobre todo la hija de Bonacha habia perdido su fuerza moral, y su situacion la obligaba á colocarse en otro terreno y á seguir distinto sistema.

Fijó en Alfredo una mirada, que más que severa era dolorosa, y le dijo:

—¿Recuerdas todo lo que ha sucedido desde que tuve la debilidad de amarte ciegamente?

—No lo he olvidado,—respondió Saavedra con una frialdad espantosa.

—Pues bien; es preciso que yo sepa lo que debo esperar.

—Debes esperar que yo te ame siempre.

—Eso es muy vago.