—Pero él habrá hecho llegar hasta tí sus mentiras, porque está desesperado, y como el valor le falta para disputarme tu amor, hace lo posible para desunirnos. Ya se ha ocupado de tí en casa del conde de Romeral, y ciertamente no te favorece mucho lo que ha dicho. Lo he despreciado y lo he perdonado; pero ahora veo que mi generosidad lo alienta, y me será preciso adoptar otra resolucion.

—Todo el mundo dice que es convenido tu casamiento con la hija del conde.

—Todo el mundo puede decir lo que quiera; pero la verdad es que no pienso casarme.

—Pues dame una prueba de tu amor, una prueba de la rectitud de tus intenciones; una de esas pruebas que no dejan lugar á dudas y que me tranquilice para siempre.

—¿En qué puede consistir esa prueba?—dijo Alfredo mientras encendia un cigarro.

—Nuestros amores no pueden tener más que un término: unirnos con lazos indisolubles...

—Paca,—interrumpió Saavedra,—asuntos tan graves no pueden tratarse ligeramente.

—Ahora no tenemos que hacer otra cosa,—repuso Paquita.

—Te equivocas, porque esta misma noche debo partir.

—¡Te vas!...—exclamó Paquita con acento de terror.