—Pero volveré, descuida.

—¡Te vas!...—volvió á decir la jóven.

—He recibido una carta que me obliga á ponerme en camino inmediatamente.

—¿Y mi honra, Alfredo, y mi honra?—gritó desesperadamente la infeliz.

—De todo eso hablaremos oportunamente, pues debes pensar que irse de Madrid no es irse del mundo.

La calma de Alfredo atormentó á la desgraciada jóven como no puede imaginarse.

Sintió la infeliz que le faltaban las fuerzas.

Un raudal de lágrimas se escapó de sus ojos.

Saavedra hizo un gesto de disgusto, y se puso en pié, diciendo: