—Entiendo.
—Todos van á su negocio, y el que no lo hace...
—Que no soy torpe.
—Voy á decir que te den una copita.
—Mire usted, me gusta; pero la señora tiene el olfato más fino que un perro.
—No quiero que te comprometas, aunque muy pronto has de dejar á doña Robustiana y cambiar de vida.
—La que paso no puede ser peor.
—No ignoras que voy á casarme.
—¡Y lo dice usted con tanto descaro!
—Sí, porque tengo la seguridad de que tú no crees que estoy enamorado de Adela.