Llevaba un vestido de una de esas telas que no tienen nombre, que son muy vistosas, que cuestan muy poco, y que en realidad valen mucho ménos de lo que cuestan.
No sabemos con cuántos volantes, rizados, lazos y otros adornos, iba cubierto el vestido.
Lo habia estrenado aquella tarde, lo habia lucido en el Prado, y luego en el café, y pensaba dar el último golpe de efecto en la tertulia. Para conseguirlo así se presentaba más tarde que de costumbre, suponiendo que encontraria ya reunidos á todos los amigos de la viuda.
Ya sabemos que Paquita se equivocaba y que tenia que sufrir un desengaño, puesto que no habia de encontrar más que á doña Robustiana y á su Morito.
La madre de Paquita, medio ahogada por haber subido la escalera, empezó á toser, y como si perdiese el equilibrio, extendió un brazo y se apoyó en uno de los hombros de su hija.
—¡Jesús, mamá!—exclamó esta, desviándose bruscamente.
—¿Qué te pasa?—preguntó la madre cuando pudo hablar.
—Pues no parece sino que yo sea un guardacanton... Mira cómo me has puesto la puntilla del fichú.
—Pues, hija mia, con los viejos hay que tener paciencia, y debes considerar que primero es tu madre que tus moños y pelendengues. Por tí sufro todo esto, pues yo estaria mejor en casa, aunque allí tampoco me falta que rabiar con la calma de tu padre.
—¿Piensas armarme una escena?