—Mira, niña, si has creido que voy á tolerar todas tus desvergüenzas...
—Pero, mamá, con tu genio nos pones en ridículo.
—Eso es, porque no dejo que me maltrates.
Este delicioso diálogo sostenian en el recibimiento y mientras se quitaban y colgaban en una percha las mantillas.
Juana, con una lamparilla en la mano, permanecia inmóvil, sonreia maliciosamente, y como no podia estar mucho tiempo callada, dijo á Paquita:
—Vamos, señorita, no se enfade usted con su mamá.
—Pues esto no es nada,—repuso la biliosa madre;—habia usted de verla en casa.
—Ahora puedes decir que soy una fúria, y con la buena fama que tú me des...
—La que mereces.
—¿Ha venido alguien?—preguntó Paquita á la sirviente.