—Nadie todavía.
Hizo la jóven un gesto de disgusto; pero como tenia la costumbre de decir siempre lo contrario de lo que sentia, murmuró:
—Me alegro.
Y haciendo crugir la pomposa falda y balanceando la cabeza, atravesó con paso firme y altivo continente algunas habitaciones, hasta llegar al gabinete donde se encontraba doña Robustiana con su amado Morito.
La madre siguió como mejor pudo á la hija.
—¡Ah!...—exclamó la viuda, poniéndose en pié.
El gato levantó la cabeza perezosamente, relamióse, cambió de postura, y volvió á dormirse.
Resonaron no sabemos cuántos besos, cruzáronse las palabras más cariñosas, y las tres amigas se sentaron.
Doña Robustiana, cumpliendo su deber, principió por dirigir mil alabanzas á Paquita, hablándole además del vestido nuevo, preguntándole cuántas varas de tela habia empleado y cuánto le habia costado: