—Como tú no tienes de ángel más que el rostro...

—Te veo,—replicó Juana, haciendo uno de esos mohines que caracterizan á la gente de su clase.

—¿Estamos conformes?

—Que sí.

—Me parece que ahora no te mostrarás tan esquiva, y por de pronto me tratarás con la franqueza que debe haber entre nosotros.

—Mientras estoy con doña Robustiana, es preciso que tengamos prudencia.

—Sí, mucha prudencia; pero...

—Déjame en paz.

—Siento que no te atrevas á tomar una copa.

—Ya lo haré cuando nadie tenga derecho á pedirme cuenta de mi conducta.