—Sí.

—Tambien irá tu novia, y aunque sé que no la quieres...

—¿Tienes celos?

—No, pero...

—Juana mia, deja que ruede la bola, pues al final de la funcion hemos de ser felices, y nos reiremos de todos.

Llamó Eduardo y pagó, agotando todos sus recursos; pero esto no le hacia perder la tranquilidad, porque era uno de esos hombres que tienen un tesoro de esperanzas.

Salieron del café, y junto á la puerta se despidieron cariñosamente y se separaron, tomando en opuestas direcciones.

No habia dado tres pasos Juana, cuando fué detenida por un hombre, que parecia ser un artesano.

Era el llamado Manolo.

—¿Adónde vas por aquí?—preguntó, mientras su entrecejo se arrugaba.