—¿Con que no sales ahora del café?

—Sí.

—Pues entonces...

—Será menester decírtelo todo.

—No necesito que me digas que has estado en conversacion con ese silbante que va de visita á casa de tu señora.

—Me ofendes, Manolo.

—Yo no hago más que decir lo que ha sucedido.

—Pues bien; he venido á buscar á ese hombre, porque mi señora me lo ha mandado así, para decirle que no falte esta noche, pues no sé lo que sucede con doña Adela, y hay miedo de que el casamiento se desbarate. Ahora,—añadió Juana, como si en realidad fuese la ofendida,—quéjate cuanto quieras, acúsame; pero no vuelvas á mirarme en toda tu vida, porque yo no puedo querer á un hombre que desconfia de mí.

Interrumpióse como si no pudiese hablar, y llevó el pañuelo á los ojos para enjugar sus lágrimas ó aparentar que las enjugaba.

—Adios,—dijo con voz ahogada;—hasta el Valle de Josafat.