—No creo que he cometido ninguna gran falta; pero tú tienes un genio:...

—Si á tí te ofendiesen, veríamos.

—No hablemos más de este asunto: mis quejas son siempre de cariño... Se acabó... Te acompañaré, si es que mi compañía no te desagrada.

Se limpió Juana los ojos y envolvió á su amante en una mirada ardiente.

Siguieron por la calle de la Magdalena, y entraron en la del Ave-María.

Cuando llegaron á la vivienda de la viuda, estaban los dos amantes reconciliados y se hablaban más cariñosamente que nunca.

Despidiéronse y se separaron.

Ya empiezas á comprender, lector, hasta qué punto era afortunada la sensible Adela; pero su desgracia puede decirse que era obra de ella misma.

Quiso casarse á toda costa con un hombre de cierta clase, y aceptó el primero que se le habia presentado.