El sacerdote acababa de bendecir la union de la jóven con Eduardo, con el hombre sensible, cariñoso y tierno, con el hombre sublime hasta el último grado de la sublimidad.
Eduardo habia conseguido que le prestasen algun dinero, y pudo presentarse con ropa nueva, llevando su audacia hasta el punto de poner en uno de los ojales de su frac una cruz de Isabel la Católica.
—¿Qué es eso?—le preguntó Adela.
—Una de las condecoraciones que tengo.
—Yo no sabia...
—Ya me conoces,—repuso el tahur,—y sabes que no soy vanidoso.
—Pero si tienes esas distinciones...
—Hago uso de ellas en ciertas solemnidades y nada más, y aun eso, más que para dar importancia á mi persona, para cumplir exigencias sociales, y sobre todo para que se vea que te has casado con un hombre que algo representa en el mundo.
Lo que sintió Adela no puede explicarse.