Por fin, una tarde, despues de haber comido, dijo Eduardo que tenia que hacer, y salió.

Su esposa pensaba haber ido á paseo, luego al café, y por último al teatro ó á la tertulia de doña Robustiana.

—¿Tardarás mucho en volver?—le habia preguntado Adela á su marido.

—No lo sé,—respondió él;—pero haré lo posible para venir pronto.

—Te aguardaré vestida.

—Como quieras.

—Si ya no es hora de ir á paseo, iremos desde luego al café ó al teatro.

Llegó la noche, y Eduardo no habia vuelto.

Adela y su madre se vistieron cubriéndose de adornos, y determinaron pasar la noche en el café.

Pero dieron las nueve y el infiel esposo no se presentaba.