—¡Dios mio!...—exclamó la jóven.—¿Le habrá sucedido alguna desgracia?
Doña Cecilia se contentó con hacer un gesto de disgusto.
A las nueve y media estaba la esposa profundamente abatida, y á las diez se quitó los guantes y las flores y los lazos que adornaban su cabeza.
La madre seguia callada; pero no por prudencia, sino porque queria reunir toda la cantidad de bilis posible, para dejarla escapar de una vez.
A las diez y media perdieron las esperanzas.
Adela cambió su lujoso vestido por una bata, dejóse caer en un sillon y empezó á llorar.
—No tengas cuidado,—le decia entonces su madre,—que ninguna desgracia le habrá sucedido. Luego lo verás entrar bueno y sano, y diciendo que sus negocios no le han permitido volver antes; pero si esto sucede otra vez, la culpa será tuya. Te he dado consejos que no has querido seguir. A los hombres es menester tenerlos muy sujetos, porque si se les deja en libertad abusan. La cabra tira siempre al monte, y tu marido será como todos. Si yo me hubiese descuidado, ¡pobre de mí! pero me mantuve siempre firme, y así conseguí que tu padre anduviese siempre derecho. Si te muestras indulgente, puedes considerarte perdida. Verdad es que aquí estoy yo, que no permitiré que tu marido se burle de tí.
—Tal vez...
—Si le hubiera sucedido una desgracia, ya lo sabríamos.