—Sus quehaceres...

—¿Y qué negocios tiene tu marido? Ningunos, porque no se ocupa más que en comer y en pasear, y la buena vida que lleva te la debe á tí, puesto que tuyo es todo cuanto hay en la casa. No digo que Eduardo no te quiera; pero la verdad es que ha hecho un gran negocio al casarse contigo.

—Piensa que no es ningun descamisado.

—¿Pues qué tiene? Las esperanzas de heredar á su tio, y si éste vive cien años y quiere dejar á otro su fortuna, ni aun eso tendrá. Luego has de pensar que lo del tio gallego es una cosa muy oscura, pues parece natural que se le hubiese dado parte de vuestro casamiento, y que él hubiera contestado poniéndose en relaciones contigo.

Adela suspiró tristemente.

Empezaba á comprender una verdad horrible.

—Tarde ó temprano todo se descubre,—prosiguió diciendo la madre,—y sabe Dios lo que al fin resultará.

Haciendo estos y otros comentarios, siguieron la conversacion.

Ya habian dado las once cuando sonó la campanilla y entró Eduardo, dejándose caer en una silla, limpiándose el sudor que corria por su frente, y diciendo:

—¿Cenamos ya?