Era de ver el semblante de las dos mujeres.

—Yo no quiero cenar,—dijo Adela.

—Yo tampoco,—añadió su madre.

Las dos esperaban explicaciones; pero Eduardo no tuvo por conveniente darlas.

Su silencio las mortificaba horriblemente.

—¿Estás mala?—preguntó el tahur á su esposa.

—Estoy buena.

—Yo tambien, á Dios gracias, muy buena,—dijo doña Cecilia con acento irónico.

—Me alegro.