No era posible que la madre se contuviese más.
Su cólera estalló.
—Ya se conoce,—dijo,—que debias tener mucho cuidado por nuestra salud.
—No habia motivos para abrigar ningun temor.
—Te vas, te paseas, te diviertes, y vuelves á tu casa á la hora de dormir. Y entre tanto, tu mujer se viste, espera, representa un triste papel llorando, porque cree que te ha sucedido alguna desgracia, y cuando vienes no te se ocurre más que pedir la cena.
—Si he venido tarde, ha sido...
—Porque te agradaba estar solo, porque ya te cansas de tu mujer.
Adela dejó escapar un raudal de lágrimas.
—Bien, muy bien,—dijo Eduardo,—no me faltaba más que una escena.