—Caballero,—gritó doña Cecilia con creciente arrebato,—no toleraré que trate usted así á mi hija; y si esto se repite, adoptaré una resolucion enérgica.
Pensó Eduardo que lo mejor era terminar de una vez aquella violenta situacion, y poniéndose en pié, replicó enérgicamente:
—Señora, usted no es mi mujer, usted no es nada para mí...
—¡Que no soy nada!...
—No tiene usted derecho á pedirme cuentas de mi conducta, porque sobre este punto me entenderé con mi esposa.
—Lo que usted quiere es abusar de su inocencia, de su candidez, de su bondad. Ha visto usted que á la pobrecita le falta el valor para hablar fuerte...
—Basta, señora.
—Ahora es preciso que todo quede en claro.
—Pues bien; se empeñan ustedes en ajustarme la cuenta del tiempo que estoy fuera de casa, y les probaré que no soy uno de esos hombres que se dejan dominar.
—¿Y es usted aquel que siempre estaba suspirando?...