—Yo soy bondadoso, pero no débil; estoy dispuesto á ser un marido cariñoso, pero no un Juan Lanas; y si era esto lo que ustedes querian, han podido buscar otro.

—Tenga usted entendido...

—Está usted hiriendo mi dignidad,—gritó Eduardo.

—Usted está pasando buena vida con nuestro dinero...

—El dinero de usted no lo necesito para nada, y puesto que se me trata así, puesto que las ofensas llegan á tal punto, ahora mismo saldré de esta casa para no volver, y ustedes se quedarán con su dinero y yo con mi decencia, que vale mucho más.

Adela se atrevió al fin á tomar parte en la conversacion, porque las amenazas de su marido eran demasiado terribles.

—¡Eduardo, Eduardo, mio!...—exclamó con acento de angustiosa súplica.

Y quiso acercarse á él para abrazarle y hacerle salir de la habitacion.

—Déjame,—replicó bruscamente el tahur.