La madre estaba ciega de ira, y era ya imposible que se contuviese.

—¡Que se irá con su decencia!—exclamó irónicamente.—¡Miren la decencia con el bolsillo vacío!...

—Tienen ustedes mucho dinero,—gritó Eduardo;—pero deben ustedes considerarse honradas á mi lado.

—¡Honradas!...

Y doña Cecilia, que no habia olvidado las costumbres de sus buenos tiempos, apoyó las manos en las caderas y gritó fuera de sí:

—Oiga usted, señor hambriento, es preciso que usted sepa...

—Señora, antes de hablar conmigo es menester que se lave usted para que se le quiten las manchas del carbon de la fragua...

—¡Silbante!...

—¡Cursi!—gritó Eduardo con toda la fuerza dé sus pulmones.

Esta palabra produjo un efecto inconcebible.