Rugió doña Cecilia, y quiso arrojarse sobre el tahur.
Gritó Adela pidiendo socorro, mientras intentaba contener á su madre.
Los criados acudieron, y sujetaron á Eduardo, que juraba y maldecia como si se encontrase en una taberna.
Agitábanse todos, y todos hablaban á la vez.
Cruzábanse los improperios y las palabras más groseras.
La infernal gritería puso en conmocion á todos los vecinos de la casa, y muchos acudieron y llamaron, los unos con el buen fin de prestar socorro, y los otros para averiguar lo que sucedia.
—¡Así se trata á un caballero como yo!—exclamaba Eduardo.
—¡Nos ha llamado cursis!—gritaba fuera de sí doña Cecilia.
—¡Qué escándalo, qué horror!—decia la pobre Adela.