La madre empezaba tambien á arrepentirse de haberse dejado arrebatar por la cólera, porque temia que Eduardo cumpliese su propósito de no volver, en cuyo caso la jóven se quedaria mucho peor que antes de haberse casado.

Pero no queria doña Cecilia dar su brazo á torcer, como suele decirse, y replicó:

—Olvidas que nos ha llamado cursis, y sobre ser esto una ofensa, es una injusticia.

—Antes le llamaste tú hambriento y perdido, y no sé cuántas cosas más.

—Eso no es una razon.

—Tenia que defenderse.

—Y sobre todo, yo dije la verdad, porque hambriento es el que no cuenta con recursos para vivir, y antes de casarse no tenia Eduardo más que la noche y el dia. Acuérdate de la ropa que llevaba, mientras que ahora va vestido como un gran señor. Y entonces no se ocupaba más que en escribir versos para tí, y ahora...

—Pues con decir todo eso he ganado mucho,—dijo Adela.

—Déjalo, que ya volverá como vuelven los gorriones cuando se les corta el pico.

—Tú no conoces á Eduardo.