Despues de mucho discurrir, decidieron ir á pedir consejo á doña Robustiana, porque esta clase de gente, como desconoce la verdadera dignidad; hace público cuanto ha de ponerla en ridículo.
Vistiéronse, y ya iban á salir, cuando se presentó un criado, diciendo que acababa de llegar un hombre que queria verlas.
—No estamos para ver á nadie.
—Asegura que ha de tratar de un asunto de mucho interés, y segun se explica, trae noticias del señorito.
Estas palabras, verdaderamente mágicas entonces, produjeron su efecto.
El hombre en cuestion fué recibido.
Era Manolo.