La nariz casi no merecia este nombre, pues más que nariz parecia un trozo de remolacha colocado sobre la boca.
Sus pequeños ojos, de color indefinible, carecian de pestañas.
Copioso sudor corria por sus megillas.
Apenas podia respirar, y muy trabajosamente agitaba el abanico de descomunal tamaño y de vivos colores.
A pesar de su fealdad, no era desagradable, pues sin cesar sonreia como pueden sonreir los querubines, y en su semblante se revelaba una candidez y una benevolencia sin igual.
Vestia lujosamente, pues toda su ropa y adornos eran de bastante valor; pero al mirarla era preciso acordarse de la fábula de la mona que se vistió de seda.
La segunda, es decir, la hija, se parecia mucho á la madre, era tambien rechoncha, prodigiosamente desarrollada y de abultadas formas, que es lo mismo que decir que era una mujer compuesta de diversos y grandes bultos, sin que el emballenado corsé pudiese apenas contener ó disimular tan colosales protuberancias.
Esto era una desgracia de gran consideracion, porque entre otros inconvenientes, presentaba el de que sólo con mucho trabajo podia mirarse los piés la jóven.
Tambien la candidez se pintaba en su semblante.
La robustez no tiene que ver nada con la sensibilidad, y por más que el lector se sorprenda, debemos decir que la mofletuda niña era sensible como una heroina de melodrama. Hablaba poco y suspiraba mucho y con tanta languidez, que no podian escucharse con indiferencia sus tiernos suspiros.