Impresionable y tímida hasta el último grado de la timidez, era muy fácil producir en ella un trastorno, y más de una vez se la habia visto desfallecer como la mujer más delicada.
Habia leido muchas novelas del género romántico, y queria á toda costa ser una mujer sublime.
Al oirla suspirar, al ver cómo languidecia, se hubiera creido que, á pesar de su temperamento sanguíneo, era una de esas criaturas de organizacion débil, en que los nervios representan el principal papel.
No hay que decir que en su envidiable organizacion sucedia todo lo contrario.
Comia poco, muy poco, segun ella aseguraba; pero la verdad Dios la sabia.
Era desgraciada, y su desgracia consistia en la ruda franqueza de su madre, que aunque con la mejor buena fe del mundo queria complacer á su hija y representar la comedia, olvidábase con frecuencia de su papel y hablaba de los tiempos en que vivia su esposo y ella bajaba al obrador y vigilaba para que los trabajadores cumpliesen su deber.
Cuando la madre decia esto ó cosas por el estilo, su hija, que no se separaba de ella un instante, le tiraba del vestido á guisa de advertencia y le dirigia miradas angustiosas.
Llamábase la madre Cecilia, y á la hija le habian puesto el sublime nombre de Adela.
El padre de esta, que ya no existia, habia tenido un gran taller de cerrajería, y habia conseguido hacer una respetable fortuna.